Banderas y balcones





¿Cuanto se puede mantener una celebración? ¿Hasta que punto el hecho de enarbolar la enseña nacional como símbolo de éxito deportivo es sostenible ya no como hecho en si mismo sino, ya aceptado como tal, en el propio tiempo? ¿Encierra lógica alguna cronificar este proceso como si fuese el inveterado luto que practicaban nuestras tatarabuelas? ¿Es un mal endémico del pueblo español el desvirtuar temporalmente los protocolos social-sentimentales de duelo y euforia? Creemos que a tal efecto se manifiesta como necesaria una acción que funcione como revulsivo y bálsamo social. 
En este mismo instante se extingue la convención que acredita enarbolar la bandera de España en el balcón como síntoma de orgullo deportivo nacional. Derogada esta vinculación simbólica semejante acto se resitúa en las coordenadas de la transgresión protocolaria equiparándose con aberraciones tales como tener el belén montado en verano, felicitar el año en agosto, bautizar a un niño con Coca- Cola o comer carne con cubiertos de pescado. Sin saberlo ahora mismo miles de sanos y cívicos patriotas se están convirtiendo en excéntricos inadaptados enemigos de la comunidad, pero es por su bien.

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