"Diamond Flash" (2011)







Atendiendo a la mayoría de las voces que se pronuncian alrededor y sobre Diamond Flash uno puede acabar por percibir que el filme se juzga más por lo que representa como propuesta arriesgada dentro de un panorama previsible, bien por el hecho de tratarse de un proyecto autofinanciado, bien por lo inusual de su tratamiento, que por lo que es en si misma. Es indudable que ambos lances implican un riesgo, el primero, evidente, de carácter económico personal, aunque puede que haya quien lo perciba más como un capricho o incluso una inversión relativamente moderada por una teórica muestra de capacidad creativa y productiva. Que suceda fuera de una supuesta industria, si es que esta existe, minimiza el riesgo frente a suicidas predecesoras también extrañas y audaces como Mamá es boba (Santiago Lorenzo, 1997) o The Birthday  (Eugenio Mira, 2004) realizadas en base a los cánones de producción habituales, exiguos pero holgados frente al caso tratado. Como Dispongo de barcos (Juan Cavestany, 2010), presunta musa catalizadora del proyecto, más que como un ejemplo de cine elaborado al margen de la industria ambas se evidencian como síntoma de que ésta no existe y por lo tanto no ofrece la posibilidad de promocionarse ni desarrollarse siquiera dentro de tal modelo aunque sea de forma deficiente.  
Al igual que los textos anteriormente mencionados el verdadero riesgo es formal, en este caso al tratar de trasladar los códigos del cómic "independiente" americano contemporáneo, en especial trazos característicos de autores como Daniel Clowes, algo hasta ahora inédito no solo en la filmografía nacional, sino casi internacional y solo conseguido de forma involuntaria por Todd Solondz (asumiendo los intentos de Terry Zwigoff). Como en Wellcome to the Dollhouse (Todd Solondz, 1995), la que el narrador de la realidad angulada de New Jersey considera su verdadera ópera prima, y en el cómic Ice Haven (Fantagraphics Books, 2005) y la historia corta Black Nylon (Eightball #18, 1997) del propio Daniel Clowes todo se desarrolla en torno a un secuestro infantil. Encuentra también con Ice Haven identificación a través de una estructura de líneas en principio autónomas que se unen en un sentido completo a través de un progreso no cronológico y aparentemente por un intento de separación estética entre las mismas. Pero lo que en la obra de Clowes es evidente y adquiere un carácter holístico, en el filme de Vermut se diluye en una disposición más bien piramidal, reclama una fragmentación mayor y menos marcada y un desarrollo más paralelo y simultáneo de las distintas situaciones. Los diálogos no acaban de lograr la cáustica eficiencia y cruel optimización de Solondz, algo que él mismo consiguiera con Maquetas (Carlos Vermut, 2009), y así el resultado de la ecuación que se establece entre el número de escenas, el desarrollo individual de las distintas subtramas y la duración global del filme no acaba de ser perfecto, a pesar de un colofón extraordinario. Ecuación que pudo resolverse también perfectamente como cómic del cameado David Sánchez, o igual no tan perfectamente como cómic del propio Vermut.
Diamond Flash, al igual que el mencionado Black Nylon, muestra la faceta más doméstica del superhéroe ahondando en este caso en su acepción más perversa y actual, convertida en eufemismo sensacionalista. Replantea el heroísmo como patología y cuestiona la legitimidad de repartir justicia como institución autoproclamada distanciándose de las claves espectaculares del arquetípico retrato de la superheroicidad americana, suponiendo a pesar de su hermanamiento temático un posible contrapunto español, europeo o simplemente antiespectacular a predecesoras como Watchmen (Zack Snyder, 2009) y abandonando exposiciones complacientes a pesar de agridulces como las planteadas en los filmes Mistery Men (Kinka Usher, 1999), Kick Ass (Matthew Vaughn, 2010) o Zeburaman (Takashi Miike, 2004), nos muestra la esencia grotesca y despiadada del Comediante o Mr. Freedom (William Klein, 1969) resituada en las coordenadas del naturalismo frío, desprovista de casi todo artificio. Como en el experimento de Milgram acabamos por plantearnos si un individuo al sentirse siempre instrumento de una empresa superior acaba por cosificarse no solo a si mismo sino a todo lo que le rodea o por el contrario es una parte reprimida de nuestra naturaleza la que emerge en un marco de permisividad aparente. Un dilema no solo personificado en el propio Diamond Flash, estéticamente hablando el eslabón perdido entre el Fantômas de Sean Sacha y el de Andre Hunbelle manteniendo la oscuridad del primero en la fisonomía del segundo, una figura opaca, muda y violenta, sino también reflejado en su propia némesis, su opuesto absoluto, resaltando la paradoja, equiparando bueno y malo y desdibujando la línea entre ellos.
Por otro lado no sería justo obviar los diversos handicaps que supone una producción reducida, todo lo criticable de Diamond Flash es lo que no puede cubrir una sola persona por si misma: una fotografía y un sonido excesivamente ad hoc, un cásting solvente pero insuficiente por momentos entre el que destaca positivamente Ángela Villar, una banda sonora que no acaba de encajar y que en pasajes como la desaparición parece incluso remar en contra y una presumible falta de oposición entre director, productor y guionista. Y es que resulta paradójico que películas como la antes mencionada Dispongo de barcos, la más reciente El señor (Juan Cavestany, 2012) o la propia Diamond Flash se consideren una forma alternativa de rodar cuando en la actualidad se manifiesta como una de las pocas vías, la única probablemente si es la primera vez que pretendes ponerte delante o detrás de una cámara. Algo que desvela en ellas una crítica que trasciende a la implícita, todas funcionan como un reproche a una industria carente del olfato necesario para detectar las buenas ideas e incapaz de orquestar la infraestructura necesaria para dotarlas del empaque suficiente.

Publicado en Cinecritico

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